jueves, 1 de febrero de 2018

Pelos y patas

Mi corazón es un hámster que da vueltas en la Rueda de la Vida:
tiene patitas pequeñas,
uñitas desnudas que se aferran a los barrotes y a la vez despegan con fuerza del suelo lleno de astillas
y pajas
y trozos de zanahoria
bolitas de pienso
bolitas de escoria.

Mi corazón tiene un lomo gris con una raya blanca que recorre los días
y a veces muerde con esos dientecillos afilados que le dieron sus padres,
los reyes de las ratas.

A veces tiembla y pone ojillos de azufre
y se defiende en una ira agusanada que apenas
es más que el fuego en el carbón
y se abrasa en dudas
y se abraza a las preguntas desnudas.

Otras veces es tierno y le muerden la yugular
-siempre hay ratas grandes que pisotean a las pequeñas y,
como digo,
mi corazón es un hámster de lomo gris y raya blanca-,
pero siempre resurge de sus idas y venidas histéricas por los huecos de la nada
siempre navega sobre las olas de la indiferencia
la crueldad
el abismo de los cerebros avinagrados en formol.

A menudo, corre rápidamente a esconderse entre briznas de palabras.
No espera nada, solo corre y corre
y da vueltas y vueltas
porque, ya sabemos,
la vida es eso que palpita
entre pelos y patas.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Feliz Claridad

Navidad. Nochebuena. Días por venir. De esos que se doblan en las esquinas de los buenos sentimientos y de los
nuevos duendes perdidos entre buenos propósitos (navegar o engordar diez kilos de felicidad o
dar al traste con las estúpidas pretensiones de ser una nueva persona).

Son estos los días en los que ves por doquier
elfos y belfos de grandes preguntas,
hinchados de exclamaciones,
amores aturdidos y familiares,
viejas amistades gastadas,
viajes a través del tiempo de las ínfulas y las pretensiones de
estar para siempre, aquí, unidos,
porque la unión hace la fuerza y la fuerza, ya se sabe,
es esa rigidez que te abotarga las neuronas mientras intentas ser como los otros
y dibujar arbolitos nevados de buenos sentimientos,
papás noeles de barrigas cerveceras que descienden por chimeneas de pesadumbre
y piensas
-siempre piensas demasiado para sobrevivir mientras el resto del mundo simplemente se libera de la obligación de pensar-:
¿todos estos días en los que hay gente a solas con todo el mundo, llena de ácidas preguntas,
van a volver a ser los mismos?
¿todos los cavas del mundo excavan en las mismas ilusiones?

Quieres un viaje o un caballo o
que te retiren de la barandilla en la que te columpias,
pensando si alguien se tiró antes que tú.
Pero no quieres construir tu epitafio, sino una versión
mejor
-mucho mejor-
de ti misma.
¿Todo en esta casa grande que es la vida se reduce a un árbol con lucecitas, a un belén de figuras que se rompen año tras año
-primero el padre, luego la madre, luego el niño, y así te encuentras a solas con el buey que ara tus días-,
a un espumillón de ideas que no van más allá de la postura de estatuas albinas de deseos de sobrevivir a los días de sonrisas permanentes,
a los días de vidas tísicas,
que tosen buenas intenciones mientras esparcen el virus de la tuberculosis de mundo, ese que convierte cada día en cavernas del sentido?

Está claro que mi espíritu navideño es demasiado amigo de mister Scrooge,
aunque cuando miro la sonrisa que me mira siento que la claridad llega cuando los ojos aceptan ver lo turbio.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Aire fresco

Te cuesta respirar y te duele
el mundo:
él te atraviesa y tú vibras según las corrientes del Averno o
del Invierno
o
de todos los lares enfurecidos que de repente han decidido que el mundo no es tu casa,
que apenas estás de alquiler de tus días
que tu piel no es tu piel
sino el forro de tus días.

Entonces, de repente,
viajas más allá de ti misma
y no esperas sobrevivir a la madrugada de las horas en blanco,
pero la vida es un viaje
del que siempre vuelves antes de apearte.
Somos todos tan superiores
y tan grandes y tan
enorme-
mente
brillantes que
la vida se nos queda pequeña y soñamos
con romper los límites
mientras quizá
lo único que vale la pena es ese temblor de ojos húmedos
ante lo que de verdad importa: estar aquí, ser aquí.

En el trayecto, sueltas lastre:
la autocompasión, el fuego de la ira, el hielo de la ida
hacia esa zona en la que ya no eres más
que el puro anhelo de
aire fresco.