viernes, 16 de noviembre de 2018

Amar el rictus

He sido testigo del nacer de los Últimos Humanos,
apalabrados con el Grito del Viento,
aferrados a la quiebra de las últimas preguntas
porque
hace tiempo que olvidaron las últimas respuestas.

He visto lo que se construye con las manos ajadas,
el huir por la calle de los batallones del daño,
el crepitar de los huesos de los instantes en que nos creímos dioses.
Creamos dioses. Los queremos para que nos respondan,
pero nunca bajan razones desde el cielo vacío.

He vivido más allá de mí misma.
También de ti.
Porque en esto vamos juntos:
cuando lloras pienso en darte la mano
y en creer en los seres que creo.
Aquellos que,
aun viviendo detrás de la puerta agazapados,
arrancándose la piel de los dedos a tiras,
saben que
si sangras, sangramos todos
y si ríes
-ah, si ríes-
es que has descubierto que,
tras el rictus de los días perdidos,
hay un sinfín de flores extendidas a tus pies
para que no te deshagas
de esa parte de ti que no es hermosa como un amanecer rosado
sino
más bien
algo que se cuece en el vapor del aliento
de las horas amargas.

martes, 23 de octubre de 2018

Arcoíris

Te asomas al abismo con los ojos encendidos
El invierno te sorprende con todas sus vaguedades:
eres tú, la que corría tras los días esperando cazarlos,
siempre un poco por detrás o por delante,
pero nunca de frente. Nunca al lado.

Te sorprendes hoy con los pies cansados
y ese dolor que te recuerda que naciste con el estigma de lo humano.
No naces para descubrir el límite, sino para arañar horizontes.

Por eso estás aquí, jugando a la pata coja con los días saltimbanquis que se te escapan entre las manos.
No tienes miedo.
Sabes salir a nado.
O volando por encima del alero de las horas.

En cualquier caso, eres esa persona que ha aprendido a habitar el instante que vive:
no uno antes,
no uno después.

Eres esa mirada de colores de arcoíris que traza puentes entre todo y nada,
eterna equilibrista de los abismos de dientes que amenazan con morderte
rebanarte un dedo
salpicarte con la sonrisa sarcástica de quien se cree que está de vuelta
o perdido
o ganado para el rebaño de los que graznan días felices en horas ardientes de miradas ajenas.

Da igual. Sabes que cuando te asomas al vértice de tu muerte solo estás tú
y tu voluntad de saltar
y seguir
remando entre pestañas de días navegables
cruzando los dedos en las horas que se clavan
y te recuerdan
a qué has venido a la vida
cuando alguna mano apague
la luz
del escenario.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cándida letanía

Somos los hijos de los perros que no quisieron ladrarnos,
los fuelles de las alas que exhalaban infierno
bajo los motores de aquel avión en el que tu abuelo renegaba
de la Guerra Mundial.

Somos los hijos de los funerarios que sonrieron a la muerte
con un murmullo de bandas sonoras de incendios
apretados contra tu pierna,
acerados en las esquinas de cualquier rebelión.

Somos ese fango que no recuerdas,
pero que te habita cuando,
en mitad de la nada,
preguntas indeciso por qué no estamos todos muertos.

Somos, en fin,
esa lágrima hipócrita que no derramaste
aquel día que dejaste pasar en espera de días mejores,
el rictus de la envidia dibujada en tu féretro:
todo tú, carne muriente,
brillante esqueleto de las vidas pasadas
a la sombra de las muchachas en estertor,
anhelantes del pico del albatros que se arrastra y les promete amores infundados;
esas que, ahora, en este momento,
se desgarran el alma pensando si,
por un solo instante,
van a dejar de ser la mueca de su juventud
incinerada en la hoguera
del rezo de la seda que las ahorca y abraza
mientras, en un futuro no muy lejano,
se ríen sus hermanas gemelas.