miércoles, 18 de abril de 2018

Cándida letanía

Somos los hijos de los perros que no quisieron ladrarnos,
los fuelles de las alas que exhalaban infierno
bajo los motores de aquel avión en el que tu abuelo renegaba
de la Guerra Mundial.

Somos los hijos de los funerarios que sonrieron a la muerte
con un murmullo de bandas sonoras de incendios
apretados contra tu pierna,
acerados en las esquinas de cualquier rebelión.

Somos ese fango que no recuerdas,
pero que te habita cuando,
en mitad de la nada,
preguntas indeciso por qué no estamos todos muertos.

Somos, en fin,
esa lágrima hipócrita que no derramaste
aquel día que dejaste pasar en espera de días mejores,
el rictus de la envidia dibujada en tu féretro:
todo tú, carne muriente,
brillante esqueleto de las vidas pasadas
a la sombra de las muchachas en estertor,
anhelantes del pico del albatros que se arrastra y les promete amores infundados;
esas que, ahora, en este momento,
se desgarran el alma pensando si,
por un solo instante,
van a dejar de ser la mueca de su juventud
incinerada en la hoguera
del rezo de la seda que las ahorca y abraza
mientras, en un futuro no muy lejano,
se ríen sus hermanas gemelas.

viernes, 2 de marzo de 2018

Caduquemos juntos

Dicen que todos tenemos
fecha de caducidad.

Dicen que somos yogures mal conservados, sin esas maravillas
químicas que nos conducen a ser
momias electrificadas que avanzan la mano hacia el futuro incierto
de las brumas ácidas de los días.

No sabemos cuándo fuimos envasados. A lo sumo, devoramos
los años que están por venir
devanándonos los sesos,
hilvanando bacterias
de esas que, a la que te descuidas,
te hacen un agujero en el estómago.

Y es que somos seres sin aditivos,
en absoluto envasados al vacío;
somos
eso que transcurre por el río de la vida
-metáfora inútil siempre, porque la vida más bien se parece al mar,
que según nuestro querido Jorge era el morir-,
afanándose por librarse del lodo que fuimos en un principio:
porque al principio era el verbo
llorar
y luego el
succionar
y el vivir pensando que,
si todos tenemos fecha de caducidad,
si nos sabemos mortales,
imperfectos,
algo ariscos
y cansados,
más nos vale jugar
a darnos la mano,
a correr por los prados de las horas
que vuelan,
que no se aprovechan porque no se comen,
sino que se viven,
quizá se beben,
se disfrutan a tu lado cuando
-me perdonarás esta declaración de amor alimentaria-
pienso que lo mejor que puede pasarnos
es que,
agotado el plazo,
caduquemos juntos.

jueves, 1 de febrero de 2018

Pelos y patas

Mi corazón es un hámster que da vueltas en la Rueda de la Vida:
tiene patitas pequeñas,
uñitas desnudas que se aferran a los barrotes y a la vez despegan con fuerza del suelo lleno de astillas
y pajas
y trozos de zanahoria
bolitas de pienso
bolitas de escoria.

Mi corazón tiene un lomo gris con una raya blanca que recorre los días
y a veces muerde con esos dientecillos afilados que le dieron sus padres,
los reyes de las ratas.

A veces tiembla y pone ojillos de azufre
y se defiende en una ira agusanada que apenas
es más que el fuego en el carbón
y se abrasa en dudas
y se abraza a las preguntas desnudas.

Otras veces es tierno y le muerden la yugular
-siempre hay ratas grandes que pisotean a las pequeñas y,
como digo,
mi corazón es un hámster de lomo gris y raya blanca-,
pero siempre resurge de sus idas y venidas histéricas por los huecos de la nada
siempre navega sobre las olas de la indiferencia
la crueldad
el abismo de los cerebros avinagrados en formol.

A menudo, corre rápidamente a esconderse entre briznas de palabras.
No espera nada, solo corre y corre
y da vueltas y vueltas
porque, ya sabemos,
la vida es eso que palpita
entre pelos y patas.