sábado, 8 de agosto de 2026

Nubes de tormenta

Sabes que estás mal cuando las nubes de tormenta no pasan

y no hay calma antes ni después.

Los comentarios ácidos, los ojos asesinos, 

los trenes que 

inadvertidamente

juegan al pasapalabra contigo:

es un momento, pero es para siempre.

Algo se rompe,

algo detona la mínima membrana que separa

la felicidad de la lucidez

y despiertas a este mundo en el que

nada de lo que era cierto existe 

y solo se queda el reflujo de las horas avinagradas.

e.e. ya no está.

Desapareció hace tiempo.

Ya no me da la mano ni me lleva a volar.

Nunca fue Superman, pero era un hermoso 

viento de primavera.

Y ahora ya no está

aunque siga viviendo en la vida de al lado.

Es solo que

tantas lágrimas inútiles se vertieron

que el mar del olvido no abarca

y las nubes siguen pesando

y no pasan.

viernes, 3 de enero de 2025

Acto único

 El hombre confinado por las sólidas paredes disciplinarias de las instituciones se revela como tele-hombre, o, más bien, tele-humano. No vamos a añadir ningún discurso referido a las transidentidades, que ya se aceptaron en su momento. Deberían ustedes saber que bajo la vigilancia de una mirada constante que lo somete a la norma, podemos garantizar su docilidad, su endeudamiento. Esto, por supuesto, supondrá una ventaja para ustedes. Si me acompañan… a lo largo de estas paredes podemos asegurarles que no hay un milímetro que no esté dedicado al formateo de cuerpos y almas. Sí, bueno, seguimos utilizando alguna terminología obsoleta porque a veces resulta difícil inventar palabras nuevas… pero para eso están los Nuevos Lectores Drónicos, ¿no? Para inventar e-palabras, jajaja.

Ah, sí, muy buena pregunta, señor… 3.0. cada e-humano tendrá la historia que se merezca. Nos fundamentamos en la base de su vida anterior a la Gran Reprogramación y a sus posibles alergias alimentarias… por supuesto, este tema es muy serio. No podemos jugarnos los resultados en e-humanos que tengan náuseas. Eso generaría gliches y rupturas de formato que, en último término, provocarían fallos de programación a gran escala en todo el mundo.

Ay, por favor, por supuesto. En 2332 no podemos permitirnos bajar la producción. Ya hicieron bastante en contra la pandemia de covid, la guerra Rusia-Ucrania, la crisis de los refugiados y el alza del precio de los marsmallows. Cierto, señor… ah, U.2, sí, no ha habido mejor combustible desde la caída de la antigua Europa que los marsmallows. Pero seamos realistas, con los vehículos actuales tampoco podemos hacer gran cosa desde el Gran Atasco de 2112. El presente y el futuro son los agujeros de gusano y los trenes bala, ya lo saben.

En fin, síganme por aquí. La empresa se congratula de recibir a tan distinguida audiencia. En la próxima sala podrán encontrar los laboratorios llamados Madre: ahí se cultivan los e-humanos. ¿La piel? Sí claro, se lo explico, U.3. El comité no se ponía de acuerdo sobre su color así que se decidió que los e-humanos fueran transparentes. De hecho, es mucho más fácil saber así qué nutrientes o nanobots necesitan. Se han creado conexiones proneurológicas que hacen que su funcionamiento sea óptimo. Un equipo de psicólogos especializados en antropología y filosofía conductista se encarga de garantizarles una libertad aparente para que se sometan sin problemas a los designios de la cadena de producción. Sí, claro, los defectuosos se tiran al humus. Se reciclan, sí. Luego sirven para regenerar nuevos e. Sí, los llamamos así de manera abreviada. También porque resulta que lo primero que entienden sus atrofiados cerebros es esa vocal. E. También nos sirve para llamarlos: ¡E! No se sabe muy bien por qué reaccionan mejor ante este sonido. Hay quien dice que es a consecuencia de la Gran Permuta Digital, en la que tuvieron que acostumbrarse a que su piel analógica se llenara de circuitos que los conectara al mundo E. Pero no se sabe muy bien.

… ah, no se preocupen por esa sirena. Suena para los E. A veces necesitamos despertarlos porque se duermen encima de las cadenas de montaje y las máquinas los destrozan. Los tiempos no están para ese despilfarro de Es, ya se sabe. Sí, por supuesto, garantizamos los repuestos. Eso siempre. Nuestra fábrica es la líder mundial de fabricación de Es. ¿Sí, 3.P.O? Ah, sí, claro, los entrenamos para cualquier cometido, desde construir casas hasta asesinar a quienes ustedes quieran. Son inmunes a los virus informáticos y a la mayoría de los antiguos microorganismos del Cthulhuceno, así que son prácticamente indestructibles. No, eso no debe preocuparles: jamás se rebelarán contra nuestras órdenes. Sí, pueden estar seguros. Generamos de serie una lobotomía que hace que sus centros de decisión no existan. Son la máquina perfecta, jajaj. Además, desde que aplicamos plasma conductor a su sistema circulatorio es muy difícil que se desangren cuando les apliquen ustedes sus castigos de aprendizaje. Sí, claro, garantía absoluta. Pedigrí, sí. Somos un núcleo antropológico acreditado. Por otro lado, si quieren seguirme… en esta otra ala de nuestro edificio… no, no se inquieten por los gritos y por los suspiros… estamos implementando las facultades eróticas de los E para que puedan servirles, si ustedes lo desean, como mascotas sexuales. Sí, hasta ahora no era posible, pero desde que se descubrió que inyectando glándulas de delfisaurios el aumento de hormonas era importante fuimos probando… sí, los esclavos perfectos: incansables, sin deseos propios y con capacidad de adivinar pensamientos en sus dueños. No, no es necesario sacarlos a pasear. Se hibernan por la noche y listo. Eso sí, de vez en cuando hay que someterlos a procesos de desecación porque la acumulación de recuerdos y experiencias saturan sus cerebros… eso aún no hemos podido resolverlo. Pero por supuesto, aquí les ofrecemos el servicio de desecación y, mientras dura (apenas un nanodía), les ofrecemos un E de sustitución.

Bueno, en fin, pues ha llegado el momento. Como saben, los E necesitan un vínculo con su amo. ¿Saben a qué me refiero? Sí, claro que lo saben. Es preciso activar a los E que vayan a llevarse. Si no tienen claro aún cuál o cuáles van a ser… sí, claro, pueden decidir no llevarse ninguno… si cambian de decisión pueden hacerlo de manera remota, ya les haremos llegar las contraseñas necesarias para acceder al E elegido. No, no tienen sexo. O, mejor dicho, tienen todos. Por eso, también, son E. Elles. Pero ustedes pueden decidir adjudicarles un masculino, un femenino o dejarlos tal cual. Sí, también pueden hacer que transicionen de uno a otro género. Todo esto del binarismo está un poco anticuado, lo sabemos, pero también sabemos que hay quien tiene antiguos gustos, ¿verdad? Jejeje… En fin, no me alargo más. ¿Quién quiere ser el primero en ofrecer su sangre para impregnar a un E? No pasa nada, les daremos suplementos sanguíneos. Pero ya saben que los E no se activan sin un acto único de creación del vínculo.

Dragones

Alas, ruedas, nubes, cielos azules, plomizos. Los engranajes se mueven y alumbran algunos mundos, navegan entre días de plomo. Escribo en un mar de vida. A veces las olas están altas, a veces bajas. Siempre estoy en ese equilibrio precario entre fantabular, creer, crear. A menudo la fe se acaba en un puro humo, en el recuerdo de un artificio, en la sonrisa forzada de los días sin causa y sin pausa. A veces vuelvo a creer que soy alguien que escribe. A menudo soy alguien doliente que por fin ha aprendido a vivir en el presente: 

no en el pasado con sus heridas de ciénaga
tampoco en el futuro con sus dudas alimenticias de
neuronas desfallecidas.

Solo soy yo la que se pasea por aquí esperando que tú me veas.
Solo soy yo navegando contracorriente... No, ya no. Lo único que intento es seguir la corriente de mis días humildes, silenciosos, escondidos, mientras me pregunto cuándo levantarán los dragones el vuelo, mientras me aletean por dentro los libros perdidos, soñados, enfermos de pasado, febriles de futuro, pero nunca apresables dentro de las horas 
corrientes.

miércoles, 10 de abril de 2024

Vía

La piel se aleja
como una serpiente 
     de vidas cruzadas.
Los cables tejen lamentos 
bajo el cielo turbio
     de hollín y
vidas pasadas al son
de las voces que dicen
cuánto tiempo y si tú supieras.
El páramo de la piel
descolgada desde sus
más antiguos cimientos,
el horror de la voz
desesperada que clama
por no llegar nunca
     a su destino,
por el vagar de los ojos
por los verdes pies
y los orígenes amarillentos de este minuto 
     en calma:
todos somos esqueletos
cubiertos de oxígeno 
                        y ansias.

sábado, 10 de julio de 2021

Pedazos de pulmón

Los que recogemos. Los que nos ayudan a respirar. Los trozos que se nos caen

en

esa tuberculosis asintomática que es la vida. Algo de fiebre permanente. La sangre viene al final.

Quiero sentirme libre para caminar las horas que me permitan respirar.

A pulmón abierto, a mandíbula batiente, como las puertas.

Las bisagras del alma bien abiertas.

Los días con aluminosis son

ese preciso momento en que aprendes a respirar

más allá de tus entrañas y de las risas extrañas.

Más acá de las brumas y las rocas y

los sabios consejos de quien dice

            que te quiere bien.

            Bien,

            esto son los consejos:

pausas largas en el tiempo de las hojas de afeitar.

            No somos eso que somos

            hasta que lo sabemos.

Bebo café. Salgo de mí.

En algún lugar navega una lavadora.

¿Habrá acabado su vuelta eterna a la ropa?

¿Acabado de lacerar nuestras entrañas,

nuestros pequeños pecados? ¿Nuestros duermevelas?

A esta que recoge los pedazos le pregunto:

¿somos eso que navega a contracorriente, ese nadar sin pareja con una bola de acero

            atada a los pies,

            no ancla sino lastre,

            lastre abisal hasta

el abismo de las más infernales

preguntas?

¿Somos eso? ¿Somos más?

¿Somos miles de pulmones respirando

a fragmentos

            a bocanadas

            a retazos de horas a

            contra-

                                    corriente

            a

            a veces

            sin sentido?

            ¿Somos otros no perdidos

            sino

            en mitad de las algas,

            con sabor a mercurio y

                                                arena,

            navegando a babor

            contra la sal de las

            márimas,

            lágrimas de

            días navegables?

Somos eso. Somos más.

Pedazos de pulmón que se desgaja y que recojo en el candor de las horas-bahía,

de las vidas abatidas

que se levantan y se inflan,

vidas-vela,

vidas plenas.

jueves, 24 de junio de 2021

Viajar

Viajar
sin moverme del sitio
mirando a lo lejos.
#Escrivivir 

viernes, 23 de abril de 2021

Hojas

Sabes que la vida es hermosa
cuando pasas las hojas de los días
y ves rostros conocidos
desconocidos
sonrientes.

A veces sabes que bajo la capa de amargura duermen peces de asfalto,
recuerdos de días peores
y abisales.

Pero la luz siempre llega.
Nos la regala un libro, o una sonrisa. Una risa de manos cruzadas
entrelazadas
llameantes de sol
de raíces
de almas.

Somos esto que camina por la vida:
este resto, este residuo,
la ruina de días aprendidos.
Las voces del verano en calma.
Caen las hojas a veces.
Leen nuestras vidas.
Porque sí, porque nosotros somos los leídos,
los regalados a las hojas,
los ojos que adoran el fuego de las almas,
las vidas que brillan en las brasas.
Nos apagan, nos ayudan, nos oprimen, nos encienden. Nos apagan.
Pero siempre salimos volando de nuevo
-hacia el cielo o hacia el suelo, a ras, qué más da-,
hojas, hojitas, hojarasca
verde, azul, dorada,
ocre o marchita,
recién nacida,
recién rasgada,
pero siempre, siempre en círculos, espirales, flechas, lanzallamas,
siempre avivando la vida,
siempre atizando los días
en que nos encontramos,
nos creemos, nos leemos,
nos amamos.

Somos hojas en danza
de días no arrancados.

sábado, 3 de abril de 2021

Sakura

Esas flores que te besan en la frente del tiempo
y prometen cielos azules como versos.
Esos besos claros y rosas,
esas alas que te abrazan,
esos días que te rozan,
esa belleza leve del instante eterno.


(Gracias a Maite García Almazán por la foto)

jueves, 24 de diciembre de 2020

Feliz (Nav)Ida(d)

 A veces la gente se regala buenos deseos

mientras llora por dentro.

A veces las olas de llanto inundan los mundos aquí y allá,

los días se pliegan a las preguntas

más sencillas como qué vamos a comer y a qué hora cierran las puertas al desaliento.

Ahora en la tierra hay colas inmensas de muertos esperando un recuerdo

hay seres escuchando el rugido de sus estómagos y de sus almas.

Hay desaliento en velas de días que van a la deriva.

Antes, el viaje era de unos pocos: 

una niña odiaba la Navidad de los otros porque su casa olía a alcohol y ceniza

alguien rompía platos o mandíbulas

alguien temblaba de miedo y frío

y esperaba su turno en la cola del hambre para recibir las sobras de los que reían a las luces del champán y las chispas del dinero bien doblado en servilletas de color rojo.


Antes, el mundo era de otros. Tú solo esperabas poder contemplar el espectáculo de la felicidad compartida bajo sonrisas de dientes.

Tú solo esperabas no morirte de frío en la niebla.

Solo esperabas ese viaje al País de la Navidad.

Las navidades siempre fueron ese queso raro que se te pegaba en el alma mientras intentabas arrancarte las heridas con las uñas.


Hoy el mundo se estremece y viaja en el mismo barco. Se te hace difícil pedir esperanza, desear a los demás que sean felices cuando

hay millones de muertos en el mundo que esperan un recuerdo

hay millones de enfermos al límite de sus fuerzas

millones de refugiados

exiliados

apartados por el mundo de lucecitas que ríe y se queja

ancianos que no llegaron a ver la sonrisa de sus nietos

hijos que añoran a sus padres

padres que añoran a sus hijos

vacíos que emulan a otros vacíos.

No puedo, realmente, desearos una Feliz Navidad al uso a la entrada del abismo compartido o en mitad de sus pasillos, de sus túneles.

No puedo pediros que seáis felices con la violenta exigencia de las sonrisas obligadas,

de la grieta que abre la mesa decorada para invitados que ya no están o que no estarán.

No puedo pediros nada. Tampoco criticar.

Solo puedo daros la mano de letras en este viaje hacia delante y esperar que tengáis

que tengamos

una Feliz Ida hacia delante, hacia los días en que las olas que inundan la Tierra sean un poco menos altas

un poco menos amargas

para todos. 

jueves, 14 de mayo de 2020

Celebración

Llueve.
Hay quien dice que un día lluvioso no es bello,
que el Mundo llora.
Yo miro el cielo gris-azul y sus degradados de acuarela
y veo la cortina líquida y
las preguntas de repente ya no tienen sentido.
Tampoco las quejas.
Alguien canta por ahí "no me olvides"
y yo no olvido,
no olvido a nadie.
Llevo a todo el Mundo conmigo.
Las personas y sus rostros
El amor
Las dudas
La lucha.
Esas lágrimas que nacen ahora no son un llanto
por el Mundo,
ni un lamento,
sino la celebración
de la quincuagésima parte de la esquina
de tus últimas preguntas.
Reímos, y todo está bien.
Lloramos, y todo está bien.
Amamos.
A veces nos duele,
pero es imposible que el aire
atraviese nuestros pulmones como si nada,
que nuestro corazón bombee la sangre
como una máquina simplemente eficiente
cuando,
La Verdad,
La Única Verdad,
es que no hay nada a lo que aferrarse
que no hay que aferrarse a nada
Porque la lluvia cae
         y la sangre palpita
         y el aire (ese que nos separa a ti y a
mí o nos une según se vea)
         a veces es tibio y a veces se enfría
Porque la irregularidad es hermosa
y podemos amar el inestable
         y continuo movimiento
de los seres y las caras y las almas
que van y vienen,
a veces con la piel desnuda,
a veces enfundados en corazas,
pero en el fondo
         es la Vida
         eso que se mueve
y palpita y cae
   -y a veces sube-
Y esa es la única carta
que podemos jugar
mientras
nuestro aliento
nos mueva aunque nos duela
mientras
el caos aparente
nos grita o nos susurra
pero
   en todo caso
nos mantiene en movimiento
aunque el cielo sea un espeso llanto
de nubes
      naufragadas.

martes, 3 de marzo de 2020

Soy

Un montón de respuestas incorrectas
El alba de los sueños
El final del camino
La duda
El espejo
La grieta por donde se cuelan todas las esperanzas y
se caen
al viento de los años rotos,
mecidas por la hojarasca de la duda,
esa que cae cuando tu copa se seca
cuando las raíces no saben que aún pueden quedarse
aunque se retuerzan
que aún pueden irse
aunque no se muevan
Porque hay pájaros allá arriba y ardillas en los huecos
que hacen nidos y guardan comida
para cuando yo no sea yo
para cuando no sea más que una sombra inmóvil
que sueña con el sol
y con la lluvia y con
ese viento que todo lo arrasa,
que limpia la memoria y te llena los ojos de tierra
pero que tiene la virtud, la fuerza
de cogerme de las ramas y llevarme a volar mientras mis pies se hunden desnudos en el barro
mientras las hormigas me devoran
mientras esa que no soy yo intenta
arrancarme las hojas verdes
mientras las orugas arrastran mil pies
por mi piel.
Mientras, soy y no soy.
Pero siempre estoy
aquí, bebiendo el viento,
dándote la mano,
abrazándote
para que sepas que,
aunque las hojas se mueran, siempre habrá otras
que nacerán para que, cuando llores,
recuerdes
que todo lo que está en el cielo,
todo el azul,
toda la niebla,
tiene el color de tus ojos,
ese mar de amor navegable
que existe
aunque tú no lo veas.

(A Judit)

sábado, 9 de febrero de 2019

Atrevida

Me atrevo a decir que la vida me gusta
como me gusta esa lágrima que corre ojo abajo entre
tus días de pestañas caídas.

Me atrevo a decir que soy feliz.
No lo digo demasiado, no vaya a ser que los duendes de lo catastrófico me persigan y me digan que son imaginaciones mías
o histeria colectiva de ideas en comparsa.

Me entreno cada día en ver la dulzura de lo amargo
aunque a veces sea difícil sortear los huecos de las horas larvadas
las rocas de minutos especialmente diseñadas
para que tropiece
y me lamente
y me lama las heridas
que conozco desde hace tanto tiempo.

Soy un poco lerda
en esto de ir viviendo,
pero me alegra comprobar
que esa pequeña loca que me mira desde que tengo tres años
o siete
y cree que las palomas son vampiros
o que puede jugar a volar
es esta misma mujer que acumula arrugas como si fueran
su mapa del tesoro,
que saluda a la salida de cada año con la alegría de saber que,
si no lo hiciera,
estaría muerta.

Me atrevo a decir que la vida va de esto: de seguir vivos.
Más o menos felices, más o menos nerviosos con lo que queremos conseguir a través de las grietas del tiempo.
Amasamos instantes como si fueran el pan del día:
es tan simple saber que la historia no trata de otra cosa que no sea explicarse a sí misma
que, cuando salimos de todos los infiernos
de todos los laberintos emocionales
de todos los lugares que nos dicen que somos y que nos negamos a visitar
de todas las etiquetas que vestimos a lo largo del tiempo,
sabemos que cualquier tontería
es mejor que el silencio que te explota entre los dedos.

A veces no hablas por miedo a que el monstruo de lo ajeno te devore y te convierta en pequeños seres que deambulan arrastrando los pies,
sangrando hasta el grito,
desesperados.
Yo también sangro y grito.
A veces grito tan flojito que parece que esté en silencio,
pero no os engañéis:
a mis pies siempre se enredan flores tan enfermas por hablar
que, de vez en cuando, me atrevo
a salir al campo de letras
y a escribir estos versos.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Amar el rictus

He sido testigo del nacer de los Últimos Humanos,
apalabrados con el Grito del Viento,
aferrados a la quiebra de las últimas preguntas
porque
hace tiempo que olvidaron las últimas respuestas.

He visto lo que se construye con las manos ajadas,
el huir por la calle de los batallones del daño,
el crepitar de los huesos de los instantes en que nos creímos dioses.
Creamos dioses. Los queremos para que nos respondan,
pero nunca bajan razones desde el cielo vacío.

He vivido más allá de mí misma.
También de ti.
Porque en esto vamos juntos:
cuando lloras pienso en darte la mano
y en creer en los seres que creo.
Aquellos que,
aun viviendo detrás de la puerta agazapados,
arrancándose la piel de los dedos a tiras,
saben que
si sangras, sangramos todos
y si ríes
-ah, si ríes-
es que has descubierto que,
tras el rictus de los días perdidos,
hay un sinfín de flores extendidas a tus pies
para que no te deshagas
de esa parte de ti que no es hermosa como un amanecer rosado
sino
más bien
algo que se cuece en el vapor del aliento
de las horas amargas.

martes, 23 de octubre de 2018

Arcoíris

Te asomas al abismo con los ojos encendidos
El invierno te sorprende con todas sus vaguedades:
eres tú, la que corría tras los días esperando cazarlos,
siempre un poco por detrás o por delante,
pero nunca de frente. Nunca al lado.

Te sorprendes hoy con los pies cansados
y ese dolor que te recuerda que naciste con el estigma de lo humano.
No naces para descubrir el límite, sino para arañar horizontes.

Por eso estás aquí, jugando a la pata coja con los días saltimbanquis que se te escapan entre las manos.
No tienes miedo.
Sabes salir a nado.
O volando por encima del alero de las horas.

En cualquier caso, eres esa persona que ha aprendido a habitar el instante que vive:
no uno antes,
no uno después.

Eres esa mirada de colores de arcoíris que traza puentes entre todo y nada,
eterna equilibrista de los abismos de dientes que amenazan con morderte
rebanarte un dedo
salpicarte con la sonrisa sarcástica de quien se cree que está de vuelta
o perdido
o ganado para el rebaño de los que graznan días felices en horas ardientes de miradas ajenas.

Da igual. Sabes que cuando te asomas al vértice de tu muerte solo estás tú
y tu voluntad de saltar
y seguir
remando entre pestañas de días navegables
cruzando los dedos en las horas que se clavan
y te recuerdan
a qué has venido a la vida
cuando alguna mano apague
la luz
del escenario.

miércoles, 18 de abril de 2018

Cándida letanía

Somos los hijos de los perros que no quisieron ladrarnos,
los fuelles de las alas que exhalaban infierno
bajo los motores de aquel avión en el que tu abuelo renegaba
de la Guerra Mundial.

Somos los hijos de los funerarios que sonrieron a la muerte
con un murmullo de bandas sonoras de incendios
apretados contra tu pierna,
acerados en las esquinas de cualquier rebelión.

Somos ese fango que no recuerdas,
pero que te habita cuando,
en mitad de la nada,
preguntas indeciso por qué no estamos todos muertos.

Somos, en fin,
esa lágrima hipócrita que no derramaste
aquel día que dejaste pasar en espera de días mejores,
el rictus de la envidia dibujada en tu féretro:
todo tú, carne muriente,
brillante esqueleto de las vidas pasadas
a la sombra de las muchachas en estertor,
anhelantes del pico del albatros que se arrastra y les promete amores infundados;
esas que, ahora, en este momento,
se desgarran el alma pensando si,
por un solo instante,
van a dejar de ser la mueca de su juventud
incinerada en la hoguera
del rezo de la seda que las ahorca y abraza
mientras, en un futuro no muy lejano,
se ríen sus hermanas gemelas.

viernes, 2 de marzo de 2018

Caduquemos juntos

Dicen que todos tenemos
fecha de caducidad.

Dicen que somos yogures mal conservados, sin esas maravillas
químicas que nos conducen a ser
momias electrificadas que avanzan la mano hacia el futuro incierto
de las brumas ácidas de los días.

No sabemos cuándo fuimos envasados. A lo sumo, devoramos
los años que están por venir
devanándonos los sesos,
hilvanando bacterias
de esas que, a la que te descuidas,
te hacen un agujero en el estómago.

Y es que somos seres sin aditivos,
en absoluto envasados al vacío;
somos
eso que transcurre por el río de la vida
-metáfora inútil siempre, porque la vida más bien se parece al mar,
que según nuestro querido Jorge era el morir-,
afanándose por librarse del lodo que fuimos en un principio:
porque al principio era el verbo
llorar
y luego el
succionar
y el vivir pensando que,
si todos tenemos fecha de caducidad,
si nos sabemos mortales,
imperfectos,
algo ariscos
y cansados,
más nos vale jugar
a darnos la mano,
a correr por los prados de las horas
que vuelan,
que no se aprovechan porque no se comen,
sino que se viven,
quizá se beben,
se disfrutan a tu lado cuando
-me perdonarás esta declaración de amor alimentaria-
pienso que lo mejor que puede pasarnos
es que,
agotado el plazo,
caduquemos juntos.

jueves, 1 de febrero de 2018

Pelos y patas

Mi corazón es un hámster que da vueltas en la Rueda de la Vida:
tiene patitas pequeñas,
uñitas desnudas que se aferran a los barrotes y a la vez despegan con fuerza del suelo lleno de astillas
y pajas
y trozos de zanahoria
bolitas de pienso
bolitas de escoria.

Mi corazón tiene un lomo gris con una raya blanca que recorre los días
y a veces muerde con esos dientecillos afilados que le dieron sus padres,
los reyes de las ratas.

A veces tiembla y pone ojillos de azufre
y se defiende en una ira agusanada que apenas
es más que el fuego en el carbón
y se abrasa en dudas
y se abraza a las preguntas desnudas.

Otras veces es tierno y le muerden la yugular
-siempre hay ratas grandes que pisotean a las pequeñas y,
como digo,
mi corazón es un hámster de lomo gris y raya blanca-,
pero siempre resurge de sus idas y venidas histéricas por los huecos de la nada
siempre navega sobre las olas de la indiferencia
la crueldad
el abismo de los cerebros avinagrados en formol.

A menudo, corre rápidamente a esconderse entre briznas de palabras.
No espera nada, solo corre y corre
y da vueltas y vueltas
porque, ya sabemos,
la vida es eso que palpita
entre pelos y patas.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Feliz Claridad

Navidad. Nochebuena. Días por venir. De esos que se doblan en las esquinas de los buenos sentimientos y de los
nuevos duendes perdidos entre buenos propósitos (navegar o engordar diez kilos de felicidad o
dar al traste con las estúpidas pretensiones de ser una nueva persona).

Son estos los días en los que ves por doquier
elfos y belfos de grandes preguntas,
hinchados de exclamaciones,
amores aturdidos y familiares,
viejas amistades gastadas,
viajes a través del tiempo de las ínfulas y las pretensiones de
estar para siempre, aquí, unidos,
porque la unión hace la fuerza y la fuerza, ya se sabe,
es esa rigidez que te abotarga las neuronas mientras intentas ser como los otros
y dibujar arbolitos nevados de buenos sentimientos,
papás noeles de barrigas cerveceras que descienden por chimeneas de pesadumbre
y piensas
-siempre piensas demasiado para sobrevivir mientras el resto del mundo simplemente se libera de la obligación de pensar-:
¿todos estos días en los que hay gente a solas con todo el mundo, llena de ácidas preguntas,
van a volver a ser los mismos?
¿todos los cavas del mundo excavan en las mismas ilusiones?

Quieres un viaje o un caballo o
que te retiren de la barandilla en la que te columpias,
pensando si alguien se tiró antes que tú.
Pero no quieres construir tu epitafio, sino una versión
mejor
-mucho mejor-
de ti misma.
¿Todo en esta casa grande que es la vida se reduce a un árbol con lucecitas, a un belén de figuras que se rompen año tras año
-primero el padre, luego la madre, luego el niño, y así te encuentras a solas con el buey que ara tus días-,
a un espumillón de ideas que no van más allá de la postura de estatuas albinas de deseos de sobrevivir a los días de sonrisas permanentes,
a los días de vidas tísicas,
que tosen buenas intenciones mientras esparcen el virus de la tuberculosis de mundo, ese que convierte cada día en cavernas del sentido?

Está claro que mi espíritu navideño es demasiado amigo de mister Scrooge,
aunque cuando miro la sonrisa que me mira siento que la claridad llega cuando los ojos aceptan ver lo turbio.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Aire fresco

Te cuesta respirar y te duele
el mundo:
él te atraviesa y tú vibras según las corrientes del Averno o
del Invierno
o
de todos los lares enfurecidos que de repente han decidido que el mundo no es tu casa,
que apenas estás de alquiler de tus días
que tu piel no es tu piel
sino el forro de tus días.

Entonces, de repente,
viajas más allá de ti misma
y no esperas sobrevivir a la madrugada de las horas en blanco,
pero la vida es un viaje
del que siempre vuelves antes de apearte.
Somos todos tan superiores
y tan grandes y tan
enorme-
mente
brillantes que
la vida se nos queda pequeña y soñamos
con romper los límites
mientras quizá
lo único que vale la pena es ese temblor de ojos húmedos
ante lo que de verdad importa: estar aquí, ser aquí.

En el trayecto, sueltas lastre:
la autocompasión, el fuego de la ira, el hielo de la ida
hacia esa zona en la que ya no eres más
que el puro anhelo de
aire fresco.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Tiempo

A veces
se me pierden los días
en una bocanada de humo distraído
y eres tú,
esa que te mira estupefacta porque aún estás viva
-cuando todo el mundo sabe lo difícil que es eso-,
esa que sabe que mañana es una frontera extraña que siempre huye hacia el horizonte.

Estás aquí. Ahora.
Otros vuelan en pos de sus sueños y tú
apenas sirves para aferrarte a sus filos imposibles,
pero sonríes porque, en el fondo,
no puedes ser nadie más que tú misma:
esa que pierde el tiempo
en recovecos de días transmitidos en redes,
en telarañas de historias
que te atrapan,
pero es tan hermoso ver la vida en los ojos de los otros
sabiendo que todos vivimos en el mismo cielo
de inmensas preguntas
-esas enormes preguntas que nunca te llevan a ninguna parte, salvo a ti misma,
en este instante en el que intentas sentirte
radical 
y viva-.

Y es por eso que
aquí
ahora
estás escribiendo esto:
porque no conoces mejor manera de aprovechar el tiempo
que perderlo
en una hilera de palabras
como esta que,
por un momento,
han salvado tu mundo
de caer en el olvido
brumoso de quien se quiere bien,
se quiere eterna
se quiere
grano de arena en el desierto de los días,
ojos que beben negruras de quicios de horas
en las que
quizás
a veces
creen que no hay horizonte
ni mañana
ni ahoras;
aquellas horas que huyen detrás del tormento de los relojes angustiados
con el resquemor de la culpa impuesta por otros que comercian con tu mente
que lucha con los barrotes de los minutos perdidos en el desván de los sueños escondidos
porque,
como ya sabemos,
el tiempo es eso que pasa
cuando perdemos el tiempo.