Alas, ruedas, nubes, cielos azules, plomizos. Los engranajes se mueven y alumbran algunos mundos, navegan entre días de plomo. Escribo en un mar de vida. A veces las olas están altas, a veces bajas. Siempre estoy en ese equilibrio precario entre fantabular, creer, crear. A menudo la fe se acaba en un puro humo, en el recuerdo de un artificio, en la sonrisa forzada de los días sin causa y sin pausa. A veces vuelvo a creer que soy alguien que escribe. A menudo soy alguien doliente que por fin ha aprendido a vivir en el presente:
no en el pasado con sus heridas de ciénaga
tampoco en el futuro con sus dudas alimenticias de
neuronas desfallecidas.
Solo soy yo la que se pasea por aquí esperando que tú me veas.
Solo soy yo navegando contracorriente... No, ya no. Lo único que intento es seguir la corriente de mis días humildes, silenciosos, escondidos, mientras me pregunto cuándo levantarán los dragones el vuelo, mientras me aletean por dentro los libros perdidos, soñados, enfermos de pasado, febriles de futuro, pero nunca apresables dentro de las horas
corrientes.
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