lunes, 21 de marzo de 2016

Nunca llegarás a ningún sitio

Eso me decía un amable profesor
-se supone que de literatura-
cuando le enseñé mis poemas.
Yo quería ser escritora
y no quise que entrara el puñal
dirigido a mis entrañas
de apenas veinte años.
Mis versos eran líneas mestizas:
algo andaluzas,
algo alemanas,
algo yorubas,
jazzísticas,
sangrientas,
salvajes.

Mis poemas no estaban de moda.
Para entendernos: no era nada.
No era nadie.

Yo quería ser escritora,
pero no llegar a ningún sitio,
porque sabía que escribir no es ir, sino volver,
saber que el más allá está más adentro,
aprender a respirar a diez mil
suspiros por hora
en la terrible lentitud de la vida
vista a vuelo de pájaro.
Yo no quería llegar, sino volar,
aprender a bailar sobre el índice de las letras,
poner los acentos en los ritmos de lo que, en el fondo,
no es más que vivir muy aquí y muy ahora
cada día
a machetazos
a retazos del tiempo
arrancado a la presión de las horas.

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